El jardinero fiel #3 - [#intimidaddelosviernes]


De regresó a la mansión, más tarde del mediodía, poco hizo para llamar la atención. Su madre estaba en el jardín, leyendo el correo, con la espalda recta y la expresión agria. Era la cara que había tenido siempre y desde que había enviudado se había vuelto más fría e implacable. Su padre no había sido tampoco una persona cariñosa, muy severo, incluso se diría que cruel. Habían sido tal para cual. Cuando ella empezó a madurar, cada vez tenía más claro que ninguno de sus progenitores poseía capacidad para amar a alguien que no fuese su propia persona. Si se habían querido, nunca había podido saberlo.
Su madre no dijo nada, pero levantó la ceja, gesto que siempre la había sacado de quicio, que había provocado incluso ataques de angustia. Ella se aferró al recuerdo de su hombre, al sabor que empezaba a desaparecer de su boca y al dolor que todavía tenía en la mandíbula por haberse pasado más de un cuarto de hora devorándolo. Siempre había sido grande, albergarlo por completo se había convertido en un desafío personal y estaba bien orgullosa de haberlo conseguido.
Saludó con fría cortesía sin dar ninguna explicación y entró en la casa para ir directa hacia su habitación, hacia el baño. Pero no tenía ganas de darse una ducha, estaba sucia por el sexo y así quería estar. Impregnada de él por todas partes. Por todas partes no, reflexionó. Con las prisas, todavía quedaba un lugar que él no había penetrado y que le provocaba demasiado morbo como para pensarlo con la cabeza fría.
Tenía que proponérselo la próxima vez.
Si es que había una próxima vez.
Se acarició el interior de las piernas. Las caderas, la cintura y los pechos. Le dolían por la ausencia de tacto caliente y también por la dedicación que él había puesto durante la mañana. Ella había chupado con ganas durante quince minutos y él le había devuelto parte de ese placer poniendo al rojo sus pezones. Todavía le escocían, los había dejado tan sensibles que la tela del vestido le había molestado al caminar durante la vuelta. Claro que caminar también había sido un suplicio, cada paso le recordaba lo que dejaba atrás y cada paso evocaba lo grueso y grande que era ese hombre.
Se pasaría dolorida el resto del día y estaba más que encantada.
¿Se convertiría eso en una nueva rutina?
¿Si lo llevaba con ella, follar sería tan maravilloso como lo había sido aquella noche de ensueño?
¿Al regresar del trabajo, él la estaría esperando con una cena y muchas ganas?
Siguió dándole vueltas al concepto de vivir juntos y pensó que, en algún momento, él necesitaría socializar. Podía estar acostumbrado a vivir en medio del bosque, pero en algún momento ella o él mismo, le propondría salir por la ciudad. Eso era inevitable.
Se lo imaginó en un entorno urbano, con sus botas de campo y sus pantalones rotos. Le gustó lo que veía en su cabeza, se recostó en la cama y dejó volar la imaginación mientras se acariciaba entre las piernas.
El deseo era difícil de enfriar. Le recordó al de los primeros años, cuando se marchó y lo abandonó sin decir nada. Ella se encontraba sola en un entorno hostil como era la universidad y pasaba las noches rememorando los momentos felices para afrontar la mañana siguiente. Lo había echado mucho de menos, no tenía a nadie, aquellos días habían sido duros y había tenido que buscar un sustituto para sobrellevar la soledad.
Se dio una ducha, hacía calor y necesitaba refrescarse.
Siguió pensando en la conversación que habían tenido. Ellos dos, viviendo juntos en la misma casa. Un apartamento en el que ella apenas ponía un pie, porque pasaba el día trabajando y solo dormía en su cama unas pocas horas. Ni siquiera cuando salía a buscar un polvo se llevaba a alguien a su casa, siempre elegía un hotel. Era el lugar perfecto para abandonarlo al día siguiente sin dar explicaciones. Incluso en sus relaciones más largas, ninguna había durado más de un año, no había permitido que nadie entrase en su habitación. Siempre había dormido o vivido en casa de esos hombres que habían intentado enamorarla.
Y ella siempre había tenido una vía de escape.
Pero él no tenía casa. Él vivía en el bosque, en medio de la naturaleza, cubierto de tierra, con el sudor brillando bajo el sol. En la ciudad no tendría trabajo ni casa, tendría que hacerle un sitio en su propia cama, en su propio hogar. Él le había asegurado que se encargaría de hacerle el desayuno, la comida y la cena. Entre polvo y polvo, le había llenado la cabeza de fantasías de una vida compartida.
Trató de imaginarlo allí, entre sus cosas. Su ropa raída por el suelo, sus botas, su camiseta. Sus gruñidos resonando en las paredes de su habitación, su olor por todo el baño, su piel rozándose entre las sábanas. La casa llena de conversaciones divertidas, sin preguntas incómodas. Pero también existían otras cosas de la convivencia diaria que minaban su ánimo…
Una de las criadas subió a informarle que la familia se preparaba para pasar la tarde en la playa. Pensó en aprovechar el camino para escaparse a la cabaña y disfrutar de una tarde de sexo, pero hacerlo levantaría demasiadas sospechas. Así que acabó cerca de la orilla, recostada en una hamaca, en bikini, con un pañuelo atado a la cadera para evitar que se le vieran las marcas que él le había dejado en los muslos y un enorme sombrero que la cubría del sol. Y gafas de sol, para que nadie pudiera mirarla a los ojos y leer en ellos le hastío que le producía estar allí.
Las conversaciones estúpidas entre sus hermanos y sus respectivos cuñados no se hicieron esperar. Los niños molestaron más que de costumbre, gritando, llorando, quejándose y llenándolo todo de arena. A media tarde, deseó marcharse de allí, al bosque. Varias veces miró en aquella dirección, pensando de qué manera librarse del evento familiar, pensando cómo desaparecer sin que nadie se diera cuenta. Se presentaría en la casa con apenas dos piezas de ropa y muchas ganas, ¿cuánto tardaría él en tenerla jadeando y sudando? Se imaginó tendida en el suelo del porche con su cuerpo encima, temblando sin control y con el aliento justo para sobrevivir.
Una de sus hermanas estaba comentando algo y ella miró en su dirección. A su lado estaba su marido, un hombre de carácter sumiso y diligente. Trató de imaginarlos en un contexto íntimo, en la proximidad del sexo. Nunca había pensado en su familia de ese modo y su cabeza dibujó una escena en la que su hermana sonreía mientras su marido le besaba los pies, de rodillas ante ella. Miró hacia la derecha, a su otra hermana. Se había divorciado de un hombre de origen humilde, que la había querido mucho y había sido fiel y decente; el sexo con ese hombre debió ser cariñoso, como él; ahora había sustituido ese sexo por el de un empresario con aspecto peligroso, alto y corpulento, de mirada sospechosa, que debía ponerle los pensamientos del revés. Y por último estaba su hermano, el heredero, de expresión fría y calculadora, cuya esposa tenía siempre cara de sentirse superior a los demás. A él lo imaginó follando contra la ventana de un hotel, enseñándole a todo el mundo lo buena que estaba su esposa y lo bien que fornicaban.
¿Cómo la imaginarían a ella sus hermanos? ¿Se detendrían acaso a pensar en ella de ese modo? Todos le habían preguntado alguna vez si pensaba casarse, tener hijos, nietos, familia propia; la clase de preguntas que hace una familia, en teoría porque se preocupaba por ella, pero que en realidad solo ponía de manifiesto que pensaban que era una fracasada por no tener ninguna de aquellas cosas.
Se levantó de la hamaca, cogió su bolsa y se marchó, diciendo que tenía que hacer su maleta.
Pensaba marcharse pasado mañana, de vuelta a la ciudad.
Sin él.
Porque no tenía cabida en su vida, no encajaba, ni encajaría nunca. Solo de pensar en presentarlo formalmente como su pareja a su familia, sus amigas o compañeros de trabajo le producía ardor de estómago. Podía decir que solo follaban, pero la gente tenía la fea costumbre de etiquetar las cosas, de hacerlas encajar según sus propios criterios. Por mucho que ella quisiera decir que entre ambos no había nada que se pareciera al amor o a la fidelidad, les pondrían un nombre y ella pasaría a ser parte de la manada.
—¿A dónde vas?
Se detuvo y lo miró, fingiendo que no la sorprendía encontrarlo allí. El atardecer lo iluminaba como si él posara para una fotografía. El torso desnudo, los pantalones colgando caprichosamente de las caderas, los cordones de las botas desabrochados.
Un agujero cerca de la cadera, otro en la rodilla. Una botella de agua en la mano, un pañuelo rojo en el bolsillo.
Una curva prominente entre las piernas.
—¿Me estabas espiando? —preguntó con irritación.
—¿Cuándo no he hecho tal cosa? —dijo él, sonriendo.
Ella miró por encima del hombro hacia la playa. Entre aquellas rocas cercanas al bosque era fácil observar la escena y pasar inadvertido.
—¿Y qué has visto?
—A ti con ese bañador. A tus hermanas. A tu madre.
—¿Te gusta alguna de mis hermanas?
Él echó la cabeza hacia atrás, ampliando la sonrisa.
—¿Quieres preguntarme si me he follado a alguna mientras tú no estabas?
—¿Lo has hecho?
Se rio y se frotó la barbilla.
—No. Y tampoco me he follado a tu madre, que para su edad, tiene un polvo tremendo.
Ningún hombre se había dirigido a ella en esos términos. Ningún hombre de ciudad, ningún hombre de su entorno, decía aquellas barbaridades. Todos eran hombres correctos, caballeros. Estaba acostumbrada a que se dirigieran a ella con respeto, a que la follaran con respeto.
Ninguno era un bocazas.
Pero él sí. Joder, él sí. Era auténtico. Su actitud era real. Bromeaba y, a la vez, decía la verdad.
—Escucha, creo que…
—Lo siento, pero no he venido para hablar.
Le dio un manotazo a su sombrero, que cayó junto a las piedras. Le quitó las gafas de sol, lanzándolas por encima del hombro. Ella retrocedió, sobrecogida. Su espalda chocó contra una roca y antes de poder abrir la boca, él ya la había sujetado por el pelo para besarla.
Apoyó las manos en su pecho para apartarlo. Su piel estaba caliente como la arena de la playa al mediodía. Su lengua se introdujo tan dentro que apenas pudo pensar en lo que estaba sucediendo y en lo que suponía someterse a él en esas condiciones. Al descubierto, sin ropa, con su familia a pocos metros de allí y las rocas como único escondite. La brisa llevaría sus jadeos hasta la orilla y ni siquiera el graznido de las gaviotas cubriría sus gemidos.
Hundió los dedos en los músculos de su pecho, incluso las uñas. Estaban duros. Él era un muro tan sólido como la piedra que tenía detrás. Aquellas rocas estaban moldeadas por el oleaje, por el viento y la sal; él jamás sería moldeado por las inclemencias del tiempo, él era firme e inamovible, un bastión que perduraría con el paso de las eras.
Abandonó su boca y le dio un mordisco en la mandíbula. Ella protestó, se le habían entumecido los labios y le dolía la lengua. Había querido resistirse, pero él había puesto el empeño de siempre en allanar cada recoveco. Apretó los dientes y sus miradas se cruzaron.
Pasión disfrazada de fría determinación.
Lo mismo que sentía ella.
Anhelo disimulado en una acalorada necesidad.
Lo que había entre ellos era más que sexo. Era rendición y entrega absoluta. Era imposible de clasificar. Ella no quería ponerle nombre, él lo sabía, ella sabía que él lo sabía y él también lo sabía. Sin palabras. Las palabras no era nada y ninguno quería ser esclavo de un término que definiera y limitara su necesidad de ser correspondido.
Los ojos de él se oscurecieron. Durante una fracción de segundo, ella vislumbró duda. Se le calentó el corazón. Provocó que cayera irremediablemente en ese abismo al que él quería arrojarla. Él percibió que se había expuesto demasiado, que ella lo había visto.
La hizo girar y la empujó contra la roca. Ella notó la superficie fría en todo el cuerpo, los pechos aplastados, una prominencia presionando la parte baja de su vientre. Los muslos mojados, la piel sensible, las rodillas temblando, el corazón a mil.
Con un gruñido, le arrancó el pañuelo que tenía atado a la cadera junto con la parte de abajo del bañador. Sintió la humedad entre los muslos cuando la brisa del mar le acarició el sexo. Contuvo la respiración cuando él la levantó por las caderas y se hundió en ella. Apoyó las manos en la roca, tensa, escuchando como él lanzaba un bufido. Cuando él empujó un poco más, penetrando más profundamente, cerró los ojos y se esforzó en volver a respirar. Otro gruñido y un nuevo empujón, hacia arriba, hacia delante, contra la roca. Ni siquiera había retrocedido.
¿Buscaba llenarla con cada centímetro? ¿Tocar el punto más hondo?
¿Asfixiarla con su peso?
Ella resopló y él se apretó más. Sus muslos duros debajo de ella hicieron que levantara los pies del suelo. Una de las sandalias se le escapó, la otra se quedó a medio camino. No podía respirar porque no podía expandir el pecho, estaba aplastada contra la piedra y tenía el torso de él pegado a la espalda. Su miembro atravesado dentro de ella.
Sintió que afianzaba las piernas y le soltaba las caderas. Se quedó en vilo durante unos segundos.
Luego, él le puso algo en la boca.
El pañuelo que llevaba en el bolsillo.
La estaba amordazando.
¿Para qué?
Se removió, pero no podía escapar y su movimiento solo ayudó a incrementar el roce de sus sexos. Cuando terminó de hacer el nudo, ella no podía mover la boca ni hablar, solo gruñir y sus gritos quedaban amortiguados. Experimentó un ramalazo de pánico.
¿Qué estaba pensando hacer él que requería acallarla?
¿Y si hacia algo que a ella no le gustaba?
No podría decirle que no.
Claro que, ¿cuándo le había dicho ella que no a nada?
Apreció su cuerpo ardiente ceñirse al de ella en un apretado abrazo. Hundió la cara en su cuello, la sujetó por las muñecas y comenzó a mover las caderas. Ella gimió al experimentar que con cada penetración, la apretaba contra una curva de la roca, que presionaba en un punto exacto entre la parte baja del vientre y su sexo. Cerró los ojos, aturdida por la sensación, mientras él aumentaba poco a poco la cadencia de sus movimientos. Se frotaba contra ella y la presionaba cada vez más contra la roca. Sus rodillas se arañaban contra la piedra, los pies no tocaban el suelo, apenas podía respirar y él estaba cada vez más tenso.
Todo eran pequeños detalles. Sus rodillas golpeando la piedra, los pies rozando el suelo, la presión que no la dejaba casi respirar, el calor y los músculos en tensión de él. Su manera de penetrarla, con brusquedad, con violencia; su respiración superficial sobre el cuello, el sudor resbalando entre sus cuerpos, sus manos y sus brazos aprisionándola, encerrándola en un espacio en el que era complicado respirar. Y con la boca cubierta por el pañuelo, solo podía inspirar por la nariz.
Mordió la mordaza deseando romperla y se encogió con el orgasmo. Todos los músculos se tensaron en torno a él, se quedó sin espacio para tomar aliento, le temblaron las piernas. Él la abrazó más fuerte, empujó más fuerte y gruñó más fuerte. Ella tembló, asfixiada, ciñéndose en torno a su miembro, angustiada al comprobar lo duro y caliente que estaba. En su vientre explotó una bomba y se derramó entre sus piernas, al mismo tiempo que él llegaba al orgasmo y sus fluidos se entremezclaban.
El momento pasó.
Su mente nublada procesó lo sucedido, pero la sensación de dolor entre sus piernas no la dejaba pensar con claridad. Y le faltaba aire.
Empujó para quitárselo de encima, pero él no cedió ni un centímetro. Lanzó un profundo gruñido en su oreja, le acarició el cuello con la nariz y sacudió las caderas, provocando que ella se encogiera con un gemido. La fricción de las pieles húmedas empezaba a escocer, mentiría si dijera que eso la desagradaba, cuando en realidad le encantaba esa sensación sucia y pervertida de sus sexos mojados y resbaladizos todavía unidos.
Empezó a besarle el cuello, el hombro, la oreja. Ella gimió más fuerte, pero sin que el sonido fuese más que un gruñido amortiguado por la mordaza. Apretó los muslos, cerrando los músculos en torno a su miembro, recibiendo como respuesta una risa y más besos en su cuello y su oreja. Sacudió el trasero para ganar espacio y él la empujó hacia arriba. Luego, se apartó con brusquedad.
A falta de apoyo, se escurrió de la roca y cayó sobre la arena. Se arrancó el pañuelo de la boca y respiró hondo, llevándose la mano al estómago para sobreponerse de la impresión. Cuando se giró para reprenderlo, él la cogió por detrás de la cabeza y la atrajo hacia su boca para besarla casi como si la despreciara, maltratando sus labios y abusando de la fuerza de su lengua. Ella le golpeó los hombros, los brazos, le tiró del pelo, hasta que no fue posible hacer otra cosa que seguir su desenfrenado ritmo y pelear por obtener su placer.
—Eres un bestia —le replicó, con la voz enronquecida, sobre sus labios húmedos y calientes.
—Pero soy tu bestia —contestó él, presionando los dedos contra su nuca—. Que no se te olvide nunca, chica de ciudad.
Le dio un último beso antes de abrocharse los pantalones y caminar hacia el bosque por el sendero.
—¿A dónde vas? —gritó ella.
Quiso seguirle, pero estaba medio desnuda y sus cosas repartidas por el suelo. Cuando consiguió cubrirse con las bragas del bikini, él ya había desaparecido. Lanzó un gruñido y tiró su pañuelo al suelo. Recuperó el sombrero y las gafas de sol. Al girarse, vio a una de sus sobrinas observarla con la boca abierta.
—Joder —masculló, sobresaltada por la aparición.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó la pequeña con cierto recelo.
Solo tenía seis años, pero sabría explicar a sus padres lo que había pasado. No necesitaba entender lo que había visto para hacerlo.
—Nada.
—¿Ese era…?
—Cariño —dijo ella, imitando a la perfección el tono de su madre—, solo estaba hablando con él. —Por la cara que puso, era difícil confiar que se hubiese creído sus palabras—. Y no puede saberlo nadie. Si se lo dices a tu madre, cogeré unas tijeras, iré a tu habitación y te cortaré las trenzas mientras duermes.
El espanto se reflejó en sus ojos.
—¿Y si se lo digo a mi padre?
—Le cortaré el pelo a tus muñecas.
La niña salió corriendo hacia la playa. No podía silenciarla, en algún momento acabaría por hablar, pero de repente eso dejó de tener importancia. Se cargó el bolso al hombro y regresó a la mansión con unas terribles molestias entre las piernas, satisfecha y feliz. Se dio un baño relajante, comió algo y pasó el resto del tiempo en su habitación haciendo las maletas, hasta que llegó la hora de dormir.
No pasaría más tiempo en aquella casa, con su detestable familia.
El calor del verano volvió a atacar. Los criados subieron para informarle de que era la hora de la cena, pero ella se excusó las dos veces y se tumbó en la cama, dispuesta a pasar la noche en vela hasta que amaneciera. Había llamado a un taxi, pensaba largarse a primera hora de la mañana, antes de que nadie se levantase, para volver a la ciudad, a su apartamento.
Sola.
Sin él.
Lo había dejado atrás una vez. Podía volver a hacerlo y, en esta ocasión, tenía que hacerlo más que nunca.
Él jamás encajaría en su ciudad. En su entorno social. Sus amigas lo mirarían con demasiado interés, por ejemplo. Todas tenían pareja estable, menos ella, que seguía soltera y eso las molestaba. A ellas les molestaba que fuera libre de hacer lo que quisiera, que pudiera tirarse a quien quisiera cuando quisiera, que no tuviera que soportar los altibajos emocionales cuando se peleaban con sus parejas. Les molestaba que no tuviera complejos, que no buscara ser la chica perfecta para sus chicos, que no tuviera que competir por ser la más guapa, la más divertida o la más sensual. Pero todo eso cambiaría si les presentaba al chico de campo. Querrían saber todos los detalles y lo contemplarían con la misma fascinación que ella lo contemplaba. Desearían ser ella. Lo desearían a él.
Dio vueltas en la cama.
Tenía que volver al trabajo y entregarse a la causa. No podía perder el tiempo con una preciosa fantasía sexual del pasado, una fantasía adolescente y peligrosa. Era una mujer adulta, en su vida no había cabida para las fantasías. No podría mantener a un hombre en su casa solo para follárselo cuando le apeteciera, era una idea que hacía aguas por todos lados. Él estaba convencido de lo que decía, pero ¿qué pasaría cuando llevasen una semana viviendo bajo el mismo techo? ¿Qué diría cuando ella llegase tarde de trabajar y se sintiera demasiado cansada como para tener relaciones? No tenía ganas de convertir a ese hombre en una pareja, eso conllevaba responsabilidades que no estaba dispuesta a asumir.
Por mucho que le gustase el sexo, eso no lo era todo.
Miró al techo. Todo estaba oscuro, la luna ofrecía un poco de luz a la habitación y podía ver el contorno de las hélices del ventilador girando perezosamente.
Se llevó una mano a la frente.
No podía llevarle con ella a la ciudad. Era un hombre acostumbrado al campo, al aire libre, al trabajo duro. Decía que la había estado esperando todos estos años, pero nadie espera así a otra persona a menos que…
Escuchó un crujido en la ventana y se incorporó sobresaltada. Era más de medianoche, ¿había alguien en el jardín? Estaba bajando los pies al suelo para calzarse las zapatillas cuando una figura apareció recortada en el contraluz nocturno de la ventana y saltó al interior de la habitación.
—Joder —murmuró la figura, estirándose hasta quedar de pie—. Qué calor hace aquí dentro.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Bueno, ya que no venías, he decidido presentarme yo mismo…
Ella se puso en pie y encendió la luz. Él parpadeó, deslumbrado, poniéndose una mano delante de los ojos. Al menos estaba vestido.
—¿Has trepado hasta la ventana?
—Claro —dijo—. Quise hacerlo muchas veces, ¿sabes? Cuando te ibas, desde mi casa podía ver la luz encendida de tu ventana y me preguntaba si te había dejado lo suficientemente satisfecha o aún querías más. Pero era tan tonto que en vez de venir aquí y ponerte mirando a la pared, me la machaba hasta que me dolía el brazo.
A ella le gustó su comentario, pero fingió que no. Se cruzó de brazos y lo miró con dureza.
—¿Has venido para follar, chico de campo?
—Bueno, podemos hablar primero, si lo prefieres.
—¿Hablar de qué?
—De las razones por las que no quieres que me vaya a vivir contigo.
A ella se le calentó la cara.
—¿Cómo sabes qué…?
—Por favor —se burló él, sonriendo de medio lado—. Te conozco bien, chica de ciudad. Si me dejaste una vez, serás capaz de hacerlo de nuevo. Así que he venido a asegurarme de que no lo harás.
Ella cogió aire y se atrevió a preguntar:
—¿Cómo piensas asegurarte?
Escuchó que se reía y sacaba del bolsillo trasero del pantalón un pañuelo.
El mismo con el que la había amordazado en la playa.



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2 intimidades:

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